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domingo, 9 de agosto de 2015

49. No todos eran iguales

No todos los griegos eran iguales a los espartanos. El hecho de no formar una unidad política sino estar dispersos, organizados en ciudades-estado independientes, en un territorio orográficamente muy irregular y fraccionado en cientos de islas,
no favorecía la unidad de normas, usos y costumbres. En tal dispersión, habría de todo, pero no  conocemos ninguna otra ciudad-estado que llegara nunca a los extremos de control y rigidez respecto de la maternidad y educación de los hijos, como los establecidos en Esparta por Licurgo; ni que el poder del Estado llegara a sustituir la voluntad de los ciudadanos, al menos en estas cuestiones. El resto de los griegos se ufanaban en educar inmejorablemente a sus hijos poniéndoles, desde muy pequeños, unos criados para que cuidasen de ellos y les acompañasen a la escuela, en la que aprendían música y gimnasia. Les vestían y calzaban cómodamente y respecto a la comida su apetito era la medida de lo que habían de tomar, saciándolo totalmente, sin pasar privación alguna, lo que, lejos de endurecerles, como hacían los espartanos, más bien los ablandaban y debilitaban (al menos esa era la opinión de Jenofonte).
Mientras los demás niños griegos, una vez superada la etapa de la niñez, quedaban libres de maestros y pedagogos, pudiendo desarrollar su vida con absoluta libertad, los adolescentes y jóvenes espartanos, como ya dijimos, seguían bajo la autoridad del Estado, asignándoles trabajos que les impidieran vagar libremente y dar rienda suelta a sus apetencias. De no hacer estos trabajos quedaban deshonrados e impedidos para alcanzar posteriores privilegios, por lo que los familiares y amigos cuidaban de que ningún joven incumpliera con las obligaciones que se le imponían. Se les exigía también un comportamiento prudente y discreto cuando se desplazaban por la ciudad o asistían a alguna reunión.
[Licurgo] les ordenó que hasta en las calles llevaran las manos dentro del manto y caminaran en silencio, sin dirigir la vista hacia ningún sitio, sino mirando tan sólo lo que tenían ante sus propios pies.
… y cuando van al filitio [reuniones en comidas públicas], menos  mal si se les oye siquiera contestar. [1]
Hoy en día aún recordamos a los espartanos cuando nos referimos a alguien como lacónico porque es parco en palabras y habla de manera breve y concisa, pues estos ocupaban un territorio conocido como Lacedemonia o Laconia.
Pero si a pesar de todo en alguna ocasión llegaban a enzarzarse en alguna pelea, cualquiera que estuviera presente tenía autoridad para separarlos, y si alguno desobedecía al conciliador, el paidónomos le llevaba ante los éforos, que eran los 5 presidentes de la Gerusía o asamblea de ancianos y los encargados de administrar la justicia, y estos le castigaban duramente para dejarle bien claro que jamás debía desobedecer las leyes. Aunque tal vez esta situación no se diera con frecuencia, pues desde niños estaban acostumbrados a respetar las decisiones de los mayores. Cosas de otros tiempos.

ÁNGEL I. JIMÉNEZ DE LA CRUZ

[1] JENOFONTE: La república de los lacedemonios, Traducción de María Rico Gómez, Instituto de Estudios Políticos, Madrid, 1973, cap. II, III y IV.

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