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miércoles, 15 de julio de 2015

48. La educación espartana

Cuando la asamblea de ancianos aceptaba al niño, este era entregado a la familia para su crianza hasta los siete años. A partir de esa edad pasaba a depender de la autoridad del Estado, quien encargaba la educación del mismo a un magistrado
denominado paidónomos. El paidónomos se ayudaba de jóvenes de entre 20 y 30 años, escogidos de entre los que habían completado su formación recientemente, a los que se denominaban irenos. Estos jóvenes “jefes” de grupo disponían a su vez de otros subalternos que eran denominados portadores del látigo, a los que Jenofonte denomina mastigoforos o azotadores[1]. Esta educación se prolongaba hasta los veinte años, y durante ese periodo pasaba a formar parte de unas brigadas juveniles, jerarquizadas, que podríamos asimilar a movimientos juveniles de la edad contemporánea, de corte totalitario.
           Durante este largo periodo de formación debían completar tres ciclos. El primero de ellos abarcaba de los 8 a los 11 años; el segundo, de los 12  a los 15 años; el tercero, de los 15 a los 20 años. Estos tres ciclos estaban a su vez subdivididos por periodos anuales y los miembros estaban agrupados en patrullas, al frente de las cuales se designaban a los más aventajados. A lo largo de toda su educación, los alumnos recibían, fundamentalmente, una instrucción de carácter militar, ocupando la educación física un puesto destacado. El ambiente educativo era de una gran severidad, buscando desarrollar en el joven la resistencia al sufrimiento. No hemos de olvidar que su única finalidad era el fortalecimiento para la guerra. Mal vestidos o desnudos, con la cabeza rapada, sin calzado y durmiendo sobre un camastro hecho de ramas, se veían en la necesidad de robar para completar la escasa comida que se les daba; este hurto estaba tolerado pero, para que agudizaran su ingenio y destreza, si alguno era sorprendido robando recibía un castigo. Se les trataba a golpes para desarrollar en ellos un impulso combativo. Todo era aceptado por el joven espartano que, despojado de sus intereses y deseos particulares, estaba educado desde pequeño para la obediencia en el servicio incondicional al Estado.
          Esta rigurosa educación, establecida por Licurgo[2], era, pues, única, estatal y muy precaria en los aspectos intelectuales. El aprendizaje de las letras quedó relegado a un segundo plano, estrictamente lo preciso.
          Ser soldado era el ideal espartano. Tener un oficio era denigrante. Pero como era necesario que también se aprendieran los oficios, a esta formación técnica estaban destinados los esclavos.
          La educación de las jóvenes está encaminada al endurecimiento emocional. Se les despoja de toda ternura y delicadeza femenina. Aunque reciben formación en música y danza, son la gimnasia y el deporte las actividades más básicas. Aunque seguían vinculadas al hogar, se les permitía vivir fuera de la casa y recibían una instrucción similar a los varones, disponiendo de sus propios campos de ejercicios. Su misión, como ya vimos, es ser fuertes y capaces de procrear hijos sanos y robustos. Lo sentimental no era importante. Se cuentan anécdotas como ésta: Una madre espartana se interesaba por el resultado de la batalla; le respondieron que sus cinco hijos habían muerto; “No es eso lo que pregunto. ¿Han resultado victoriosos los espartanos?”. “Sí”, le contestaron. “Entonces –dijo ella- demos gracias a los dioses”[3].
          La dureza de la educación espartana fue degenerando con el tiempo, conociendo relatos de la época romana que son de verdadero sadismo. La desnudez ritual de un principio acabó siendo una prueba de resistencia a la insolación, y las luchas entre grupos de muchachos acabaron convirtiéndose en pruebas de flagelación salvaje, rivalizando en resistencia, a veces hasta la muerte. Estas luchas se realizaban ante gran cantidad de público que acudía para presenciar el espectáculo y se llevaban a cabo, como rito religioso, ante el altar de Artemisa Ortía.

ÁNGEL I. JIMÉNEZ DE LA CRUZ

[1] JENOFONTE: La república de los lacedemonios, Traducción de María Rico Gómez, Instituto de Estudios Políticos, Madrid, 1973, cap. II, III y IV.
[2] Este legislador, al que se sitúa en el siglo IX a. de C., para algunos historiadores ni siquiera existió, viniendo su nombre solamente a significar la personalización de una política legisladora, tanto en lo político como en lo educativo.
[3] Citada por CAPITÁN DÍAZ, Alfonso: Historia de la Educación I (Edades Antigua y Media), Universidad de Granada, 1980, p. 89.

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