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martes, 24 de febrero de 2015

47. Los "niños del Estado"

A mediados del siglo VI  a. C. se lleva a cabo en Esparta un cambio radical. Aquella polis que había estado a la vanguardia del progreso sufre un empobrecimiento cultural, y todas aquellas actuaciones encaminadas al desarrollo personal quedan
relegadas en favor de una formación estrictamente militar, dando lugar a la conocida “educación espartana”, que comenzamos a conocer a través de Jenofonte.

Los espartanos se convierten en un auténtico ejército profesional. Se les educaba en la obediencia y en la idea de que el bien supremo era el bien público. Todo se supeditaba a la comunidad. Un claro ejemplo de totalitarismo.

La educación estaba en función de las necesidades del Estado, por eso esta compete al mismo y es igual para todos. Desde el momento de nacer, el niño solamente tenía valor si podía ser útil a la comunidad. Los sentimientos paternales estaban absolutamente inhibidos. Los niños pertenecían más al Estado que a sus padres pues estos no tenían el derecho de decidir criarle, sino que el recién nacido debía ser presentado ante una comisión de ancianos que, reunidos en un lugar denominado Lesca, decidían que fuera aceptado solamente en el caso de no presentar ninguna tara o debilidad; en caso contrario se deshacían de él arrojándolo a una sima en el monte Taigeto[1] o, como dice Plutarco, siendo arrojado a un pozo de cieno. Según nos narra Jenofonte[2], para favorecer que los niños fueran sanos y fuertes, Licurgo –el gran legislador- estableció que las mujeres se ejercitaran, al igual que los varones, en ejercicios físicos y carreras, en la creencia de que de la fortaleza de los progenitores dependía el tener hijos vigorosos. Es más, nos cuenta que llegó a establecer una cierta regulación de las relaciones sexuales, limitando los encuentros de los cónyuges, buscando la robustez de la prole.
El adoptó una norma opuesta al estipular que el hombre debiera sentirse avergonzado de ser visto entrando en la habitación de su mujer o saliendo de ella. Esta limitación de las reacciones sexuales necesariamente había de incrementar el deseo del uno por el otro, con lo cual su prole había de ser más robusta que en el caso de haber podido satisfacer sus deseos hasta la saciedad.[3]
          También hace referencia a otras prácticas establecidas por Licurgo para obtener “mejoras en la especie”. Plutarco recoge las mismas ideas, no aptas para celosos, en Vidas paralelas:
…el marido anciano de una mujer moza, si había algún joven gracioso y bueno a quien tratara y de quien se agradase, podía introducirlo con su mujer, y, mejorando de casta, hacer propio lo que así se procrease. También a la inversa era permitido a un hombre excelente, que admiraba a una mujer bella y madre de hijos hermosos, casada con otro, persuadir al marido a que le consintiese gozar para tener en ella, como en un terreno recomendable por sus bellos frutos, hijos generosos, que fuesen semejantes y parientes de otros como ellos.[4]

Para Licurgo los hijos no eran propiedad de los padres sino que pertenecían a la comunidad de la ciudad; por ello defendía que éstos fueran procreados por los más virtuosos. Criticaba que, en otros lugares, para mejorar la casta en perros o caballos buscaran los mejores padres pero las mujeres, en cambio, debían tener los hijos con sus maridos, aunque estos fueran caducos, enfermizos o necios.

Licurgo no se imaginaba lo que la política de la eugenesia daría de sí a lo largo de los siglos XIX y XX.

ÁNGEL I. JIMÉNEZ DE LA CRUZ


[1] El monte Taigeto  era el lugar de las ejecuciones, pues desde él se despeñaba también a los delincuentes.
[2] JENOFONTE: La República de los Lacedemonios. 1,5.
[3] JENOFONTE: O. c.,1,5.
[4] PLUTARCO: Vidas paralelas, “Licurgo”, XV.

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