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lunes, 9 de febrero de 2015

46. La Esparta arcaica

Con el paso del tiempo, las pequeñas aldeas helenas –por entonces denominaban al territorio Hélade; la denominación de Grecia vendría después- crecieron y se fueron agrupando en torno a un centro de carácter político, dando lugar a las
denominadas ciudades-estado o polis. Esta organización de ciudades-estado tuvo como consecuencia la inexistencia de unos planteamientos políticos, sociales, jurídicos, educativos, etc., comunes, desarrollando cada una de ellas sus propias normas, independientes de las demás. Una de estas polis fue Esparta, situada en la zona conocida como Peloponeso. No se ha conservado ningún documento ni testimonio directo de los espartanos y los vestigios de su existencia apenas van más allá de unos restos de muralla. Sus costumbres las conocemos a través de algunos textos de Jenofonte, Platón, y Plutarco.
La Esparta de la época arcaica (s. VIII al VI) no es una ciudad bárbara, sin interés por la cultura; es un centro de cultura y una ciudad acogedora, semejante a lo que posteriormente sería Atenas. Es, sin embargo, un Estado guerrero y la educación del joven espartano es esencialmente de carácter militar. Pero no es la educación caballeresca de los héroes homéricos, sino la formación del soldado. La idea individualista del caballero que lucha por un ideal se transforma aquí en la del colectivo al servicio de la poli. El héroe-caballero es sustituido por el soldado-ciudadano. La areté espartana ya no es el desarrollo personal hacia la inmortalidad por medio del heroísmo, de los antiguos griegos, sino el amor a la patria llevado hasta el heroísmo. Lo importante en Esparta es la masa de ciudadanos anónimos, al servicio de la patria. La areté trasciende lo individual para convertirse en un bien comunitario.
El poeta Tirteo de Esparta recoge esta nueva idea en unos versos, en los que alaba el hecho de morir en primera fila, combatiendo valientemente por la patria:
Pues es hermoso morir si uno cae en vanguardia
como guerrero valiente que por su patria pelea.
Y en cierto modo lo contrapone al antiguo ideal:
No quisiera recordar ni evocar con elogios a nadie
por su excelencia en el correr o en la pelea de puños,
ni aunque tuviera la altura y la fuerza de un Cíclope,
y venciera en carrera al tracio Bóreas,
ni si fuera la figura más bello que Titono,
y superara en riquezas a Midas y Ciniras,
y más regio fuera que Pélope, hijo de Tántalo,
y una lengua más dulce que Adrasto tuviera
y una fama cabal, mas careciera de ánimo de lucha.
Que no hay de hombre de valer en el campo de guerra
más que el que osa presenciar la matanza sangrienta
y se lanza a enfrentarse de cerca al feroz enemigo.
Esa es la virtud, ésa, entre los hombres, la máxima gloria
y el más hermoso premio al alcance de un joven guerrero. [1]
Pero, junto a la formación militar, también se daba importancia a los deportes, destacando los espartanos en los juegos olímpicos. Y junto a ellos, el gusto e interés por la música. Plutarco nos habla de la importancia de ésta en Esparta, a la que considera que fue la verdadera capital de la música de Grecia. Allí existieron las dos primeras escuelas de música que se conocen, datadas en el siglo VII a. C.[2] Una de ellas, a cargo de Terpandro de Lesbos, en la que se aprendía el canto solista acompañándose de la cítara –de hecho Terpandro fue el inventor de la cítara de 7 cuerdas-; la otra, dedicada a la música coral, por la que pasarían grupos de jóvenes que interpretaban cantos en las celebraciones y actividades festivas, como las Gimnopedias[3].

ÁNGEL I. JIMÉNEZ DE LA CRUZ


[1] Tirteo de Esparta, s. VII a. C. Fragmentos 6 Y 7 D.
[2] Tenemos noticia de ellas gracias a la obra de Pseudo-Plutarco, Sobre la música.
[3] Bailes de jóvenes desnudos que se celebraban en honor de Apolo. Solían ser de una gran dureza pues se celebraban en la época más calurosa, prolongándose durante horas. Se puede conocer más sobre este tema en César Fornis Vaquero y Adolfo J. Domínguez Monedero, “El conflicto entre Argos y Esparta por la Tireátide y el culto a Apolo Piteo”, Gerión. Revista de Historia Antigua, 2014, vol. 32, 79-103, Universidad Complutense de Madrid.


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