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lunes, 14 de julio de 2014

39. Guardando lo escrito

De la importancia de la civilización del Antiguo Egipto nos hablan, entre otras cosas, la gran producción literaria que se llevó a cabo y la acertada decisión de crear instituciones para guardar y conservar documentos escritos. Conocemos la existencia de archivos y bibliotecas en los grandes templos que, además de la
función de conservación, facilitaban a los escribas elementos para su formación técnica y cultural. Y darían lugar a las figuras de "escriba archivero" y "escriba bibliotecario". Algunos autores de la Grecia clásica hacen referencia en sus obras a esta importante actividad de los egipcios. Así, por ejemplo, en uno los Diálogos de Platón, un sacerdote del templo de Sais, en Egipto, dice a Solón: "Desde antiguo registramos y conservamos en nuestros templos todo aquello que llega a nuestros oídos acerca de lo que pasa entre vosotros, aquí o en cualquier otro lugar... "
Esta tradición se mantuvo y aún se incrementó tras la toma de Egipto por Alejandro Magno y sus sucesores en la dinastía ptolemaica, culminando, a finales del s. IV a. C., con la fabulosa Biblioteca de Alejandría.
Gracias a la producción de copias y a la acertada decisión de crear archivos y bibliotecas a lo largo y ancho de todo el territorio, desde casi los inicios de la escritura, se ha conservado una importante cantidad de textos del Antiguo Egipto, que van desde la medicina a la astrología, pasando por la historia, la poesía, la literatura sapiencial, el cuento, etc. La calidad y belleza de obras como Himnos al Sol, Diálogo de un desesperado con su alma, El náufrago o Aventuras de Sinuhé, nos dan idea del gran desarrollo alcanzado en el lenguaje escrito, a la vez que nos hacen pensar en cuántas otras, de tanto o más valor, habrán quedado para siempre en el olvido.
Pero de entre la producción literaria del Antiguo Egipto debemos destacar, sin ninguna duda, el Libro de la Salida al Día (1500 a. C.), popularmente conocido como Libro de los Muertos, cuyo contenido es un conjunto de fórmulas para ayudar al difunto a llegar al Más Allá y superar el juicio de Osiris. Toda familia acomodada y con posibilidades de un entierro y una tumba importantes podía adquirir un ejemplar, en el que se podía incluso escribir el nombre del difunto. El hecho de que muchas familias depositaran uno de estos ejemplares junto a las momias de sus difuntos, ha permitido que varios ejemplares hayan llegado hasta nosotros. En realidad no existe ningún ejemplar que contenga todos los capítulos de la obra, pues se solían elaborar versiones con capítulos seleccionados. Podríamos incluso hablar de una producción en serie de baja calidad, lo que hoy denominaríamos “edición barata”, para ampliar el abanico de clientes.[1]
Debemos destacar también, de entre los textos conservados, algunos utilizados por los escribas para ayudarse en su trabajo; son listas de nombres de un mismo ámbito: plantas, animales, minerales, profesiones, ciudades, bebidas, etc., que se conocen con el nombre de onomástica. El ejemplo más destacado es el Onomasticón de Amenemipet, o de Amenope, posiblemente de la época de la Dinastía XI (2140-1991 a. C.).
Para toda esta labor de reproducción de textos se apunta la existencia de escribas copistas, algunos de los cuales tenían un escaso o nulo conocimiento del arte de leer y escribir y que simplemente reproducían las figuras que tenían delante.
Muchos de los textos del Antiguo Egipto permanecieron ilegibles para nosotros hasta el siglo XIX en que Champollión descifró la Piedra de Rosetta.

ÁNGEL I JIMÉNEZ DE LA CRUZ


[1] La versión más completa es la del papiro de Ani, con una longitud de 23,6 metros, conservado en el Museo Británico.

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