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jueves, 3 de julio de 2014

38. Educación ética y moral del escriba

Ya se ha mencionado repetidas veces que de entre todas las personas que recibían  instrucción los escribas eran los que alcanzaban una posición social más relevante, no en vano la formación del escriba era la de mayor nivel; era lo que podemos
considerar la primera “carrera académica” de la historia. Mediante ella se convertían en los funcionarios encargados de la administración del Estado y de los templos; de hecho, la Administración estaba en sus manos. Eran los encargados de transcribir órdenes, anotar las leyes dictadas por el faraón, elaborar todos los documentos, llevar las contabilidades, etc. Por ello la ética y la moral adquieren una importancia capital en la labor del escriba, pues accede a informaciones de carácter privado e incluso secreto -en el caso de los documentos de gobierno o en los que recogían las sentencias de los oráculos-, y está en sus manos la posibilidad de ocultar, falsear y manipular cuentas e informaciones, a las que tiene acceso. Por tanto, para el escriba, además de su formación técnica, en la que debía dominar los diferentes tipos de escritura, contabilidad y agrimensura, era fundamental una educación ética y moral que, en muchos casos, los propios padres se encargaban de facilitarle; de ella podía depender el éxito en su labor profesional.
En la conocida Sátira de los Oficios, Kheti, además de describir a su hijo Pepy las calamidades que se padecen en diferentes trabajos, y las ventajas de ser escriba, le da una serie de consejos de gran importancia en el desempeño de su cargo, que vienen a concretarse en tener un comportamiento educado y prudente, y en la obligación de ser fiel en lo que haya de trasladar:
Si un magistrado te envía con un mensaje, comunícalo tal como él dijo. No omitas nada, no añadas nada a ello.[1]
También en las Enseñanzas de Amenemope, escriba en las Dinastías XIX o XX (sobre 1.100 a. C.), aconseja a su hijo en el mismo sentido:
Haz el bien y serás próspero. No eches mano de tu pluma para injuriar a un hombre, pues el dedo del escriba es el pico del ibis. [...] El escriba que estafa con su dedo, no tendrá a su hijo inscrito [en el gremio de los escribas].
No hagas para ti mismo falsos documentos. Son una provocación fatal. [...] No falsifiques los oráculos en los rollos [de papiro], y de ese modo distorsiones los planes del dios. No uses para ti mismo el poder del dios, como si no hubiera [ya marcado un] sino o destino.[2]
Fidelidad, responsabilidad y honestidad eran valores esenciales a los que el escriba debía hacer honor en el desempeño de su cargo. Un cargo privilegiado, en el que gozaban de una gran consideración social e incluso de exención de impuestos, y que podían dejar como herencia a sus hijos. ¡Cómo no se iban a preocupar los padres que conocían bien la profesión, de que sus hijos se formaran como buenos escribas!
ÁNGEL I JIMÉNEZ DE LA CRUZ


[1] SERRANO DELGADO, José Miguel: Textos para la Historia Antigua de Egipto, Editorial Cátedra, Madrid 1993, p. 224.
[2] PARRA ORTIZ, José Miguel (coord.): El Antiguo Egipto, Marcial Pons Historia, Madrid, 2009, p. 444.

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