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viernes, 27 de junio de 2014

37. La educación moral

Diversos textos egipcios, obras de grandes escribas, ponen de manifiesto que el objeto de la educación no era solo el aprendizaje de determinadas materias, sino que se trataba de
conseguir una especie de “caballero” que supiera comportarse en los distintos órdenes de la vida, destacando en virtud, sabiduría, valor, habilidad, etc. Las Enseñanzas o Máximas de Ptahhotep (2400 a. C.), una serie de normas de comportamiento elaboradas para su hijo, son un verdadero manual de educación moral. Entre las ideas que contiene podemos destacar algunas dedicadas a valorar el conocimiento, como la de que es necesario aprender, pues no existe quien haya nacido ya sabio, y la de que no hay que vanagloriarse de ser sabio pues todo el mundo nos puede enseñar algo, desde el más sabio al más ignorante.
Otro de los textos es el conocido como Instrucciones de Merikaré (2060-2050 a. C.). Este recoge las instrucciones que el faraón Hety da a su hijo Merikaré, también faraón de la X Dinastía. En ellas pone de manifiesto que el sentimiento moral debe prevalecer en sus actuaciones, y le aconseja una actitud prudente como gobernante y preocuparse por todos los sectores sociales. Le destaca la importancia de la sabiduría y el aprendizaje, y el respeto que merecen los que a ella se dedican y se la trasladan:
El sabio es una [escuela] para los nobles, y aquellos que conocen su sabiduría no lo atacarán…. Mira, sus palabras quedaron fijadas en libros. Abre, lee y copia (su) sabiduría. El que es enseñado se convierte en un experto.
Otra obra, los Dichos de Sisobeck (escriba de 1750? a. C.), pone especial énfasis en la importancia de obrar rectamente, con una visión altruista y de sacrificio, situando la buena voluntad y lo moral en nuestros actos por encima del éxito y el triunfo en lo material.
Un poco posteriores son las conocidas como Instrucciones de Ani (1552-1305 a. C.), una serie de recomendaciones que este escriba, que trabajó en el palacio de Nefertari, dedica a sus hijos, en la línea de los textos antes citados. Destaca en este texto la reflexión sobre el comportamiento que se debe tener hacia la madre, para ser un hombre íntegro:
Devuelve duplicados los bienes que tu madre te dio. Mantenla como ella te mantuvo. Para ella fuiste una carga pesada, pero nunca te dejó atrás. Cuando naciste, mes tras mes, estuvo unida a ti. Su pecho alimentó tu boca durante tres años. Cuando crecías y limpiaba tus heces, ella no manifestaba repugnancia. Nunca dijo "¿Qué voy a hacer?" Cuando te envió a la escuela, y te enseñaron a escribir, ella se seguía ocupando de ti, el pan y la cerveza no te faltaban en su casa. Ahora, te has casado, has establecido un nuevo hogar, debes cuidar a tus hijos, como ella te cuidó a ti. ¡Que tu madre no tenga ahora motivo de queja de ti! ¡Que no tenga que alzar sus manos a Dios! ¡No hagas que Dios tenga que oír sus quejas!
Por último, es necesario mencionar las conocidas como Instrucciones de Amen-em-opet o Enseñanzas de Amen-em-opet[1], elaboradas por este escriba para su hijo, y que tienen cierta semejanza con los Proverbios de los hebreos. En ellas le da consejos sobre la integridad, honradez y el comportamiento adecuado, aconsejándole que huya de aduladores. La idea principal que le transmite es que debe obrar bien sin esperar nada a cambio, lo que supuso una novedad significativa en el terreno de la educación moral, que venía asociando las buenas obras con la obtención de recompensas.
A este tipo de textos con sentencias y proverbios, que suelen ser consejos de los mayores hacia los jóvenes sobre muchos aspectos de la vida, utilizados para la educación moral de los mismos, se les conoce como literatura sapiencial.


ÁNGEL I JIMÉNEZ DE LA CRUZ


[1] Se estima su datación entre los siglo X y VI a. C.

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