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jueves, 8 de mayo de 2014

33. Las mujeres: igualdad, pero menos

Parece ser que las mujeres en el Antiguo Egipto gozaban de una consideración social más elevada de lo que era habitual en la época. Heródoto, al hablar de los usos y costumbres de los
egipcios, las retrataba así:
Allí son las mujeres las que venden, compran y negocian públicamente, y los hombres hilan, cosen y tejen; allí los hombres llevan la carga sobre la cabeza y las mujeres sobre los hombros. Las mujeres orinan de pie y los hombres se sientan para ello... Ninguna mujer se consagra allí por sacerdotisa a dios o diosa alguna: los hombres son allí los únicos sacerdotes. Los varones no pueden ser obligados a alimentar a sus padres contra su voluntad; tan sólo las hijas están forzosamente sujetas a esta obligación.[1]
Aunque no es del todo correcto lo que Heródoto refiere, al menos en lo relativo a la inexistencia de sacerdotisas, sí que está acreditado que la mujer egipcia jugaba un papel destacado en la sociedad, llegando incluso a ejercer el cargo de reina-faraón en varias ocasiones[2]
Aunque hombres y mujeres estaban socialmente en un plano de igualdad, el hombre era el que dominaba los aspectos burocráticos. Sin embargo, la obligación de las mujeres de alimentar a los padres a la que hace referencia Heródoto parece estar en el hecho de que ellas eran las que se encargaban de las transacciones comerciales y de los negocios, y si esto era así, perecería lógico pensar que debían estar al tanto de la escritura y el cálculo, pero no existen evidencias que demuestren que la mujer participara de la instrucción, al menos con carácter general. Incluso podemos suponer que el interés de estas por la escritura no era visto con buenos ojos, pues en la Pirámide Escalonada hay grabada una alusión burlesca a la afición literaria de las mujeres.
Aunque hay autores que consideran que las mujeres instruidas eran más de las que habitualmente consideramos, la verdad es que las referencias que tenemos sobre la instrucción de la mujer son escasas, y la mayoría de estas se refieren a las niñas de las clases elevadas, que recibían enseñanza de música y danza, y a veces de lectura y escritura. En algunas tumbas de nobles hay constancia de ello: en la tumba de la princesa Idut (Dinastía VI, hacia 2300 a. C.) hay una representación de esta con los materiales de escriba y acompañada de su maestra; en la tumba de la dama Kenamón (Dinastía XVII, hacia 1300 a. C.) se encontraron los utensilios de escriba.
Existen algunos textos en los que se supone la mano femenina, aunque no puede asegurarse tajantemente. Por una parte, unas tablillas que se atribuyen a las hijas de Akenatón. Por otra, en las excavaciones del poblado de Deir-El-Medina se encontraron los borradores de unas cartas de una joven a otra. En tercer lugar hay también unos curiosos textos, conocidos como los “papeles de Hekanakhte”, que son un conjunto de cartas familiares de un rico agricultor, del que toman su nombre, datadas en la XII dinastía, una de las cuales es de una hija a su madre, aunque no puede descartarse que fuera escrita por un escriba, al dictado.
El único lugar dedicado a la formación de mujeres del que se tiene noticia es la Casa Jeneret, un lugar elitista y que nada tiene que ver con lo que sería un centro académico, pues eran unas dependencias de la casa en donde vivía la madre o la esposa del faraón, y donde las damas de la corte recibían formación en música y danza, aprendiendo a tocar algunos instrumentos como el arpa, el laúd o la flauta. También en ella se aprendía a confeccionar vestidos y a elaborar útiles de belleza y aseo. Esta casa estaba bajo la autoridad de una directora que recibía el título de Sehpset, “la venerable”.
ÁNGEL I JIMÉNEZ DE LA CRUZ


[1] HERÓDOTO: Los nueve libros de la Historia, Libro II, Euterpe, XXXV, Editorial EDAF, Madrid, 1989, pp. 160,161.
[2] Nitocris (Dinastía VI), Neferusobek (Dinastía XII), Nefertiti (Dinastía XVIII), Tausert (Dinastía XIX).

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