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miércoles, 2 de abril de 2014

31. La Residencia

La instrucción, el aprendizaje, desde los inicios fue un camino seguro hacia la promoción social; en muchos casos para alcanzar posiciones muy relevantes y, consecuentemente, conseguir una mejor situación económica. Por ello, los padres que podían
permitírselo, animaban a sus hijos a formarse como escribas.
          Existía un centro específico para la enseñanza de escribas que deseaban seguir la carrera administrativa, conocido como la Residencia. La Residencia era el centro de la actividad política y administrativa, desde ella se mantenían relaciones con todos los jefes locales, gobernadores y templos del territorio. Una especie de ministerio.
          Una famosa obra, conocida como Instrucción o Enseñanzas para la vida y también como Sátira de los oficios (2000 a. C), hace referencia a ella. Su autor, Dwa Jeti, Dua-Hety o Kheti –que de todas las maneras lo he visto escrito-, camino de la Residencia describe a su hijo Pepy diversos oficios, la mayoría de ellos artesanales, resaltando los aspectos negativos de los mismos, para concluir que el único oficio realmente digno es el de escriba y que este será el que le abra camino para hacer carrera en la Administración. La obra tuvo una gran difusión en todo Egipto pues era utilizada para hacer ejercicios de copia. Con ella, a la vez que practicaban la escritura, interiorizaban la importancia de su profesión y las ventajas que tenía sobre cualquier otro oficio. Seguro que, después de leerla, todo el mundo quería ser funcionario.
          Comienza Kheti, Dwa Jeti o Duan-Hety recordándole el final de un libro de la época: “El escriba, sea cual fuere su trabajo en la Residencia no carecerá de nada”[1]. Le anima diciéndole que es la mejor de las profesiones y que no hay nada en la tierra comparable a ella. Pero no es fácil ser escriba; requiere gran esfuerzo y dedicación al estudio; por eso debe amar los libros más que a su madre. Y le anima también haciéndole pensar sobre la importancia social que adquieren, pues ya desde niños ya se les saluda –como una clara muestra de reconocimiento-, y se les encomiendan tareas de responsabilidad.
          Pero por si estas razones, un tanto alejadas de los intereses del jovencito, no surten el efecto motivador que el padre desea, para convencerlo mejor le refiere que otros oficios son agotadores, como los de carpintero y jornalero; el barbero debe madrugar y pasar todo el día, de calle en calle,  rapando hasta el anochecer; los caldereros, con los dedos como garras y oliendo peor que el pescado podrido; al cortador de cañas le da fiebre por las picaduras de los mosquitos y las mordeduras de las pulgas; el alfarero se mueve entre el barro como un puerco; el albañil, trabajando semidesnudo y a la intemperie, con dolor de riñones, tiene que comer con las manos sucias; el hortelano, con callosidades infectadas en la nuca, por el yugo, llega en ocasiones a morir en su tarea; al tejedor, si pierde un día de tejer, lo castigan con cincuenta latigazos; el embalsamador apesta permanentemente a cadáveres; el pescador se juega la vida junto a la orilla del río infestada de cocodrilos; etc. Pero además, todos tienen un jefe, ¡menos el escriba, que es el amo!
 Si conoces la escritura, te irá mejor que en las profesiones que te he presentado. …
Mira lo que he hecho via­jando hacia la Residencia. Lo hice por amor a ti. Un (solo) día en la escuela te será beneficioso. Es (algo) para la eternidad; su trabajo es (como) piedra[2]
El padre tenía razón; buscaba para su hijo lo mejor: un trabajo fijo, bien remunerado y sin penalidades. ¿Le haría caso Pepy y aprovecharía la oportunidad que se le brindaba?

ÁNGEL I JIMÉNEZ DE LA CRUZ


[1]Pertenece al libro de Kemyet, también conocido como Kemyt, un texto literario datado de la Dinastía XI (2140-1991 a. C.), utilizado para la formación de los escribas. 
[2] La Sátira de los Oficios. Dinastía XII, en J. M. Serrano Delgado, Textos para la Historia Antigua de Egipto (Madrid 1993) pp. 221-224. El texto lo contienen varios papiros como el Anastasi VII, el Sallier II y el Chester Beatty XIX.

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