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sábado, 29 de marzo de 2014

30. Los útiles para la escritura

En las escuelas egipcias, la función fundamental del maestro consistía en enseñar al alumno a coger correctamente los pinceles o el cálamo y a marcar y trazar los signos elementales de la escritura. Los alumnos se sentaban en el suelo, alrededor de su
maestro, con las piernas cruzadas, apoyando sobre sus muslos la tablilla para escribir.
          El material utilizado como soporte de la escritura fue diverso, según las circunstancias e importancia de lo escrito. El más extendido fue el papiro, una especie de papel –de él viene este nombre-, que se elaboraba haciendo tiras de los tallos de esta planta, que se entrelazaban entre sí y se golpeaban hasta crear una fina tela que quedaba compactada por efecto de la savia. Después se dejaba secar y se pulía, generalmente frotando con piedra pómez. Se solían unir varias hojas, solapándolas, para hacer rollos que podían alcanzar hasta 40 metros.
          De los rollos preparados se cortaban trozos sobre los que se escribía con unos pinceles realizados con un tallo de junco deshilachado. Para colocar los pinceles se contaba con una tablilla alargada, llamada paleta –una especie de bandejita-, que tenía a su vez dos orificios u oquedades en los que se alojaban los tinteros, uno con tinta negra y otro con roja; con el tiempo se acabarían usando más colores. Para la preparación del color negro se usaba agua, cola y carbón, todo bien machacado y mezclado en un mortero; para el color rojo se sustituía el carbón por óxido de hierro o tierra ocre. Hacia el siglo III a. C. apareció un nuevo utensilio de escritura: el cálamo. Este era una caña con la punta muy afilada, utilizada como una pluma; toda una modernidad.
          Los pliegos de papiro eran productos muy elaborados y, por tanto, muy caros. No era razonable su uso para el aprendizaje por parte de los alumnos, por lo que muchas veces estos solían utilizar trozos de piedra caliza pulida como soporte para la escritura. En el poblado de Deir-El-Medina, cerca de la ciudad de Tebas y del Valle de los Reyes, hay evidencias claras de la existencia de una escuela en la que los estudiantes utilizaban para sus trabajos este material. Estas placas de piedra se denominan con su nombre griego ostracon, y en plural ostraca.
          No hemos de olvidar tampoco que el papiro es difícil de conservar debido a que es sensible a la humedad, fácilmente atacado por insectos y frágil ante el paso del tiempo, si no se dan unas determinadas condiciones ambientales. Los que han llegado hasta nosotros ha sido porque se han conservado en unas condiciones excepcionales, generalmente en tumbas de zonas altas, alejadas del Nilo. Por eso, desde los inicios de la escritura, los egipcios utilizaron también la piedra para los documentos importantes. Así, se ha descubierto una, de unos 20 cm de alto, conocida como la Piedra de Palermo, datada del 2320 a. C., en la que están copiados los anales reales desde la dinastía I a la V.
          Hay un tercer tipo de soporte que permitía escribir y borrar; era la “tablet” de la época. Consistía en una tablilla de madera, recubierta con un fino lienzo de lino y estucada para conseguir una superficie lisa, sobre la que se elaboraban dibujos y textos. Podía prepararse por las dos caras o solamente por una. Las caras de la tablilla se dividían verticalmente en dos mitades; en una de ellas el maestro realizaba un dibujo y escribía un texto, que el aprendiz debía repetir en la otra. Recientemente se descubrió una, conocida como la Tabla del aprendiz[1], y en ella se aprecia claramente la parte elaborada por el maestro, de mayor calidad en los trazos; por otra parte, la zona utilizada por el alumno para los ejercicios de escritura tiene un color más desvaído debido a haberse lavado muchas más veces para rectificar o escribir nuevos textos. En la zona de dibujo se aprecian unas cuadrículas, previamente trazadas, para facilitar las proporciones del mismo.
          Me imagino la ilusión de muchos niños aspirando a ser dueños de una de esas fabulosas tablillas, como cuando los de mi generación, a mediados del siglo pasado, aspirábamos a tener un trozo de pizarra enmarcado con madera, en el que hacíamos nuestros ejercicios escolares.
           

ÁNGEL I JIMÉNEZ DE LA CRUZ


[1] Son en realidad fragmentos que corresponderían a una tabla de 31 X 45,8 cm. y un grosor de 1 cm., realizada en madera de acacia. Fue encontrada por un grupo de trabajo español, en las inmediaciones de la tumba de Djehuty, en la que trabajaban,  y está expuesta en el Museo de Luxor. Está datada en torno a 1400 a. C. Se conserva otra tabla, conocida como Tabla de Tutmosis III, muy semejante a esta, en el Museo Británico.

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