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sábado, 22 de febrero de 2014

22. Los persas: más moral y menos ciencia

Tras la toma de Babilonia por Ciro (538 a. C.), se inicia el Imperio persa. No existen fuentes persas que nos den noticias sobre cómo se educaban e instruían. Lo que ha llegado hasta nosotros sobre esta cuestión ha sido a través de la Historia de Heródoto, la
Geografía de Estrabón y la Ciropedia de Jenofonte; esta última es la que mejor refleja el sistema educativo persa. 
          La educación persa era eminentemente militar y casi exclusiva para los nobles. La educación familiar se limitaba a la buena crianza durante los primeros años, a cargo de la madre.
En la educación de los hijos, que dura desde los cinco años hasta los veinte, solamente les enseñan tres cosas: montar a caballo, disparar el arco y decir la verdad. Ningún hijo se presenta a la vista de su padre hasta después de haber cumplido los cinco años, pues antes vive y se cría entre las mujeres de la casa; y esto se hace con la mira de que si el niño muriese en los primeros años de su crianza, ningún disgusto reciba por ello el padre. [1]
          Es evidente el gran contraste con respecto a la anterior etapa asiria. No parece existir ninguna formación de tipo intelectual. Ni Heródoto, ni Estrabón, ni Jenofonte hacen referencia alguna a actividades dedicadas a la enseñanza de conocimientos culturales. Es evidente que se seguiría manteniendo la formación de escribas, aunque fuera de manera minoritaria, pues eran necesarios para las funciones económicas y administrativas; pero desaparece el sistema escolar encargado de transmitir los conocimientos básicos. Los magos mantendrían su actividad “científica” en la intimidad de los templos, conservando los conocimientos en las diversas disciplinas que se habían desarrollado. Volvemos, así, a etapas mucho más anteriores. Desaparece lo que denominábamos cultura de escribas, para volver a la de los guerreros.
          Las inscripciones de la tumba de Darío I, rey de los persas, nos indican las virtudes que debía poseer el modelo de varón: ser justo, amante de la verdad, generoso con el amigo, intransigente con el enemigo, hábil en el campo de batalla, buen jinete, buen arquero y buen lancero. Son, en definitiva, las virtudes propias de un guerrero.   
          Jenofonte nos relata cómo en aquella época cada familia educaba a sus hijos según sus propios criterios; la sociedad no intervenía de ninguna manera en la educación. Sin embargo luego sí exigía el cumplimiento de una serie de principios, que podríamos considerar morales, y que todos sus individuos debían cumplir: no robar ni saquear, no irrumpir en ninguna casa con violencia, no golpear a nadie de manera ilícita, no cometer adulterio, no desobedecer al gobernante, y cosas por el estilo. Su incumplimiento tenía como consecuencia un castigo. Los persas, sin embargo, establecieron una organización para formar a sus ciudadanos desde la infancia en el cumplimiento de estas normas, procurando evitar así que llevaran a cabo esas acciones ruines y vergonzosas por las que debieran ser sancionados. Era una escuela sin contenido académico alguno, instalada al aire libre y centrada exclusivamente en cuestiones morales y de comportamiento. Toda esta preocupación por la formación moral emanaba de su religión, el mazdeísmo, establecida por Zoroastro o Zaratustra (660-583 a. C), que admite la existencia de dos principios: el bien, Ormuz, y el mal, Ariman, y cuya doctrina queda resumida en este mandato: “Buenos pensamientos, buenas palabras, buenas acciones”. 


ÁNGEL I JIMÉNEZ DE LA CRUZ


[1] Heródoto, Historia, I, 136.

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