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viernes, 28 de febrero de 2014

24. Los mejores maestros, los ancianos

Tras su primera infancia en el seno familiar, bajo la autoridad de la madre, sobre los 6 años de edad los niños persas iniciaban su periodo de formación en el “Ágora Libre”, el cual se prolongaba hasta los 16 o 17 años. A cargo de ellos se encontraban 12
ancianos seleccionados por sus cualidades para la misión. El objetivo fundamental de la escuela no era el aprendizaje de las letras sino que era aprender la virtud de la justicia; igualmente aprender comportamientos morales: no mentir, no robar, no ser violentos, etc.
          La actividad escolar consistía en convivir con los niños a lo largo de la jornada, observándolos y corrigiendo sus malas acciones e imponiendo castigos, incluso físicos, a los que tenían comportamientos contrarios a las normas que se les inculcaban. Eran severamente castigadas las falsas acusaciones y las ingratitudes. Ser desagradecido era especialmente reprobable pues consideraban que la ingratitud acompañaba a la desvergüenza que, a su vez, era la máxima guía para todos los actos inmorales. También les enseñaban las virtudes de la moderación y de la templanza; a obedecer ciegamente a sus jefes, a semejanza de sus mayores; a ser sobrios en la comida y en la bebida, y a conocer lo que la naturaleza les ofrecía para alimentarse. Solían, por ello, comer en el “Ágora”, junto a sus maestros, llevando de casa principalmente pan y berros; portaban también un tazón para beber del río. Completaban su formación aprendiendo a disparar el arco y la jabalina.
          Como ya apuntamos, todos los niños podían asistir a las escuelas públicas, pero en realidad solamente los enviaban aquellos padres que podían alimentarlos sin que estos trabajaran. Esto tenía su trascendencia en la vida puesto que completar la etapa de la escuela era el camino para integrarse en los siguientes grupos, lo que representaba, en realidad, alcanzar la ciudadanía plena.
          Buscaba la escuela persa, fundamentalmente, formar buenos ciudadanos, y nadie mejor para hacerlo que los que habían llegado a la ancianidad siendo ejemplo para todos. Ser maestro de los niños era, alcanzar un alto grado de estima social. Suponía haber completado con honor todas las etapas de la vida y ser considerado digno de educar a los demás. Estos ancianos maestros aunaban experiencia y sabiduría.
          El valor de los mayores en la educación queda patente en el relato en el que Jenofonte nos cuenta que estando Ciro en Media, ante la insistencia de su madre para que le acompañe a Persia porque allí estaban sus maestros, él responde: “…madre, has de saber que yo ya conozco con exactitud lo que es justo y, si necesitara más conocimientos, aquí está el abuelo para enseñármelos.”[1] 
          Tras la muerte de Ciro (530 a. C.) la degradación de la moral y las costumbres se fueron imponiendo. Finalmente, la conquista del imperio medo-persa por Alejandro Magno abrió una nueva etapa en la historia y en la cultura de este territorio.

ÁNGEL I JIMÉNEZ DE LA CRUZ


[1] Ciropedia, Libro I, 16.

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