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jueves, 30 de enero de 2014

15. ¿Quiénes accedían a las primeras escuelas?

Aunque al final del tercer milenio ya existían numerosas escuelas que habían llevado el aprendizaje de la escritura a todo el territorio, la asistencia a las mismas no estaba al alcance de todos. La escuela
no era aún entendida como un bien social, con una función educadora y formativa general. Su labor era en exclusiva la enseñanza de la escritura; la educación y formación de los individuos era, como recogía el Código de Hammurabi, cosa de la familia. 
          Diodoro Sículo, historiador griego del siglo I a. C., escribió, basándose en obras griegas y latinas, una colección de 40 volúmenes que llamó Bibliotheca de Historia. En ella nos habla de la educación en la primera época de Mesopotamia, pero no hace referencia en ningún momento a las escuelas, sino que manifiesta que se desarrollaba una educación doméstica:
“El hijo la recibe del padre, y está exento de todo otro deber público. Teniendo a sus padres por maestros, se le ofrecen abundantes oportunidades para aprender, y al mismo tiempo, recibe con la mayor confianza lo que se le enseña. Por otra parte, como ellos reciben la instrucción en sus primeros años, ésta es satisfactoria, tanto porque estos años son los más impresionables, cuanto porque el tiempo para el estudio es más largo”.
          La escuela, pues, era una institución para la formación profesional de escribas y, por los datos que tenemos, no parece que fuera accesible a todo el mundo. ¿Había que pagar este servicio? ¿Se accedía por amistad con los maestros? ¿Se seleccionaban de alguna manera los aspirantes?... Lo cierto es que, en aquella época, la subsistencia requería del esfuerzo de todos y solamente las familias acomodadas podían permitirse prescindir de la ayuda de los hijos para obtener los recursos necesarios para vivir. Por tanto, eran ellos los que podían dedicar el tiempo a esta formación. Los datos encontrados en algunas tablillas nos vienen a confirmar este hecho. 
          El asiriólogo Nikolaus Schneider llevó a cabo en 1946 un estudio sobre gran cantidad de tablillas datadas en 2000 a. C. En ellas aparecen recogidos unos  500 nombres de escribas, autores de las mismas, la mayoría de los cuales anotan, junto a su nombre, el nombre y la profesión de su padre para identificarse mejor. Los padres de estos escribas eran gobernadores, administradores, funcionarios, contables, archiveros, contramaestres, escribas, etc., todos ellos, como vemos, tenían profesiones que nos hacen pensar en una situación acomodada.
          Podemos incluso deducir que esta formación, al menos en los mil primeros años, era exclusiva de los varones, pues no aparece en dicha relación el nombre de ninguna mujer. Con el paso del tiempo estas se fueron incorporando, apareciendo citadas algunas en tablillas posteriores –como las encontradas en el palacio de Mari-, pero son excepciones. 
          No podemos, sin embargo, dejar de referir un hecho curioso: la primera persona a la que podemos asociar con la autoría de un texto escrito es una mujer. Se trata de Enheduanna, hija de Sargón I, que vivió entre 2285 y 2230, que era sacerdotisa y escribió, además de algunos himnos religiosos, el poema Exaltación de Inanna en honor de la diosa del mismo nombre[1]. No era una escriba, aunque sabía escribir; no usaba de su destreza para ganarse la vida. La escritura estaba al servicio de su creatividad.
La historia tiene estas cosas: la escritura en la más remota antigüedad fue cosa de hombres, pero la primera persona de la que conocemos un texto escrito es una mujer.


                                                                         

                                                                           ÁNGEL I JIMÉNEZ DE LA CRUZ




[1] LÉVÊQUE, Pierre: Las primeras civilizaciones. De los despotismos orientales a la ciudad griega, Ed. AKAL, Madrid, 1991, p. 215.
 


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