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viernes, 10 de enero de 2014

10. ¡Papá, quiero ser escriba!

En los orígenes de las antiguas civilizaciones, el reconocimiento y la promoción social venían dados, fundamentalmente, por hechos de guerra. Ser un militar victorioso o haber tenido una actuación
heroica en una batalla era el camino para elevar el estatus social de una persona. Era lo natural en aquella cultura que podemos denominar la cultura de los guerreros.
          Con la invención de la escritura se abre un nuevo camino para la promoción social, como alternativa a las hazañas bélicas. Desde muy pronto, las sociedades comienzan a conceder importancia a la instrucción. Saber escribir daba prestigio y ser escriba facilitaba alcanzar un estatus social elevado. Por eso algunos padres orientaban a sus hijos hacia esta formación, que les abría la posibilidad de un futuro mejor que en otras profesiones. Tal vez muchos jóvenes también vieran en ella un futuro prometedor y pidieran a sus padres que les permitieran aprender el arte de la escritura. Aprender la escritura traía consigo la posibilidad de obtener una mejor posición económica e incluso la de ascender a las altas dignidades.
          El trabajo de escriba era especial; no era equiparable a cualquier otro. Los escribas participan en cierta medida del poder. Su arte estaba directamente al servicio de los poderosos. Sus servicios se prestaban en los templos y en los palacios, manejando los documentos oficiales. Elaboraban documentos importantes y tenían acceso a informaciones privilegiadas. Eran personas en las que los gobernantes depositaban su confianza: llevaban su  contabilidad,  redactaban órdenes y las recibían por escrito para su ejecución, etc. Conocían, lógicamente, los mensajes que se intercambiaban los monarcas.
          Su trabajo debía generarles, en ocasiones, inquietud e incluso temor, pues tenían la responsabilidad de escribir e interpretar, sin errores, lo que los gobernantes querían decir; por eso se les advertía, en ocasiones, que debían ser fieles transmisores de los mensajes. Se conoce una carta que contiene una nota dirigida al escriba, instándole a que traslade fielmente el mensaje a su destinatario: “Quienquiera que seas, escriba que vas a leer esta carta, no ocultes nada al rey, mi señor, para que los dioses Bel y Nabu [dioses babilónicos de la escritura] hablen amablemente de ti al rey” [1]. No podemos descartar la posibilidad de que algún escriba llegara a pagar con su vida por algún conflicto surgido con los mensajes.
          Pero junto a este trabajo oficial, funcionarial, muchos escribas ejercían la profesión de manera liberal, particular, que seguro que les proporcionaba buenos ingresos y menos tensiones. Redactaban contratos mercantiles, matrimoniales, testamentos, etc., de esta manera los acuerdos y decisiones constaban por escrito, por si la memoria fallaba a alguien o se hacía el olvidadizo por interés. Desde el 2850 a. C., al menos, ya empezó a haber gente que pensaba que lo escrito valía más que la palabra dada. Conocemos un acuerdo matrimonial, de ese año, en el que se establece que, tras la ceremonia, el novio entregará al padre de la novia 15 sacos de cebada, 30 de trigo, 60 de judías, 40 de lentejas y 15 aves [2]. Seguro que fue el padre de la novia el que buscó al escriba. ¿Habría pagado el novio si no hubiese estado escrito? 

ÁNGEL I JIMÉNEZ DE LA CRUZ 


[1] KRIWACZEK, Paul: Babilonia, Ed. Ariel, Barcelona, 2010, p. 310. 
[2] IFRAH, Georges: Las cifras, Historia de una gran invención, Alianza Editorial, Madrid, 1987, recoge la existencia de este contrato matrimonial.

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