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martes, 21 de enero de 2014

13. La escuela de Mari

Está claro que en la segunda mitad del tercer milenio a. C., ya existía un amplio desarrollo de la enseñanza de la escritura. Las miles de tablillas encontradas lo atestiguan. El número de escribas fue creciendo y desarrollando su labor en diversos ámbitos: unos al
servicio de los templos, otros al del rey, otros al de los altos dignatarios y otros por su cuenta que se dedicaban a la elaboración de contratos y otros documentos entre la población. Se acabó incluso dando entre ellos diferentes categorías, según el destino que ocupaban. Las escuelas para su formación fueron extendiéndose por todo el territorio.
          Durante la etapa conocida como Primer Imperio Caldeo, tras la fusión de sumerios y caldeos con Sargón I (2335 - 2279 a. C.), ya existen numerosas escuelas, que pueden hacernos pensar incluso en que se había llevado a cabo una decisión política para implantar lo que podríamos llamar un incipiente “sistema escolar”; es decir, una especie de planificación para que la enseñanza de la escritura llegara a todas las zonas del territorio.
          El poder político había comenzado a propiciar la enseñanza de la escritura. Tenemos noticia de que el rey Shulgi –uno de los que sabía escribir- fundó dos escuelas para la enseñanza de escribas, una en Nippur y otra en Ur, asociadas a templos. Era el último siglo del tercer milenio (pongamos 2050 a. C.). En el texto que hace referencia a la creación de estas escuelas no se pone ningún énfasis especial, lo que lleva a pensar que no era nada novedoso y, por tanto, lo que evidencia es la existencia de estas desde mucho antes[1].
          Sin embargo la escuela más antigua de la que se han encontrado vestigios es un poco más moderna; se sitúa en los restos del palacio de la antigua ciudad de Mari, junto al río Éufrates, incendiado a finales del 1759 a. C.,  por Hanmurabi. El arqueólogo francés André Parrot llevó a cabo unas excavaciones en 1934 en el antiguo palacio de Zimri-Lim, llamado así por ser este el último rey de  la ciudad de Mari. En él se encontraron los restos de su archivo, formado por miles de tablillas con escritura cuneiforme, que nos han dado a conocer importantes datos sobre la organización, cultura e historia del periodo babilónico. También se identificaron dos dependencias, que podían haber sido aulas, ya que en ellas se encontraron unas hileras de bancos de ladrillo para dos, tres o cuatro alumnos y, diseminados por el suelo, restos de lo que podía interpretarse como material escolar: tablillas, etc.
          Pero aunque se han identificado estas dependencias como de la escuela, hay autores que piensan que es lógico suponer que las clases debían impartirse al aire libre, pues se necesitaba de una buena iluminación para realizar las marcas cuneiformes, y  las construcciones de la época no la facilitaban en las estancias cerradas. Otros llaman la atención sobre lo reducido de las dimensiones de los asientos, que no permitirían el trabajo escolar con comodidad. Tal vez estas dependencias fueran el lugar en el que se recibían instrucciones del maestro, se preparaban y guardaban los materiales, llevándose a cabo los ejercicios en el exterior, con espacio e iluminación suficientes.
          La existencia de esta escuela palatina es indudable, tanto por la importancia de la propia ciudad, como por ser Mari un enclave estratégico entre Siria y Sumer, donde la importancia de las transacciones comerciales hacía necesaria la función de los escribas.
ÁNGEL I JIMÉNEZ DE LA CRUZ


[1] WATSON, Peter: IDEAS. Historia intelectual de la Humanidad, CRITICA, Barcelona, 2006, p. 137.

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